Amor por encima de los 1.000

Sigo buscando el motivo por el cuál me apasionan tanto las montañas (además de las masas de aguas: ríos y lagos).

Cuando miró una foto de una montaña sonrío, es automático, como un tick, como una manía que no quieres sacarte. Sonrío, indistintamente si es la Serra Perenxisa o el Everest.

Me gustan, sin importar pendiente, altura, grandeza. Las miro y me imagino ahí en la base mirando hacia arriba con el sol de cara o quizás caminando por un sendero rodeada de densa vegetación.

Hoy leyendo el libro de un montañero, aventurero, explorador, valiente y ahora conocido televisivamente por todo lo anterior, al que admiro y respeto, me ha recordado algo que tenía guardadito en la memoria más profunda.

Fue en el verano de 2002, tenía 16 años y nos fuimos a pasar el mes de agosto a Huesca, buscando un poco de fresco que Valencia no nos quería regalar en esa época. Salimos mi familia y yo junto a 3 amigos más y nuestro perro Ares, que hoy en día tiene 15 años. Siempre buscábamos lugares tranquilos y que tuvieran naturaleza, escapando de grandes ciudades o lugares muy masificados. Huesa ofrecía eso.

Una mañana de la segunda quincena planeamos conocer el Parque Nacional de Ordesa, organizamos cuál sería la ruta y nos preparamos como auténticos aventureros. A esa edad es todo más complicado, pero yo sólo quería caminar entre los árboles. Pasamos Benasque y ascendiendo por el valle del Ésera llegamos a la explanada de La Besurta donde nos esperaba un gran día. Nos había indicado que el ascenso era fácil, camino en zig-zag durante unos 35 minutos de subida y otros 35 de bajada. Pensaba que era muy fácil entonces subir montañas, no se necesitaba más que ropa cómoda y estaríamos en la cumbre. ¡Ay bendita inocencia!.

La subida era cómoda, sin dificultades técnicas y ciertamente, apta para todas las edades. Cuando llegamos al final del recorrido encontré algo inesperado: un precioso valle, con un lago al fondo y montañas rodeandome en los 360°. Donde mirara encontraba picos, relieves con millones de años, figuras escarpadas y lo más maravilloso, el camino que llegaba hasta el Aneto.

Panorámica en La Renclusa, subida al Aneto.

Panorámica en La Renclusa. (fotografía decida por La Renclusa Refugio)

Valle en la Renclusa

Valle en la Renclusa. (fotografía decida por La Renclusa Refugio)

Refugio La Renclusa

Refugio La Renclusa. (fotografía decida por La Renclusa Refugio)

Años más tarde, junto a mis compañeros de la ingeniería conocería lugares impresionantes como El Parque Natural de Peñagolosa (Castellón), Pic de Montdúver (Gandía), Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar (Almería), Parque Regional de Sierra Espuña (Murcia), Parque Natural Sierra de Cazorla (jaén), Parque Natural Alto Tajo (Guadalajara), Sierra de Albarracín (Teruel), Sierra de Guadarrama (Madrid) o el Valle del Jerte (Cáceres).

Si bien mis estudios me quitaban tiempo para poder seguir conociendo montañas ibéricas, llego el verano de 2012 y todo cambió. Estaba terminando mi tesis pre-doctoral y necesitaba relajarme. Había pasado semanas enclaustrada en la universidad, día y noche, para poder finalizar mi proyecto antes de septiembre. Un mañana me levanté para continuar con mi rutina estudiantil, me senté delante del portátil y no pude seguir. No podía leer, no me concentraba, escribía lento… algo fallaba! había llegado el estrés que todo investigador sufre cuando dedicas más tiempo al estudio que a uno mismo. Me paré a pensar que es lo que más deseaba hacer en ese momento y sólo pensé en una palabra ”Ordesa”.

Vistas desde el camping Valle de Bujaruelo

Vistas desde el camping Valle de Bujaruelo

Así que hice la mochila y la tienda de campaña y me fui 3 días al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Y volví a sentir esa sensación que todavía no se explicar, encontrarse allí en medio de aquellas montañas tan inmensas. Monté mi tienda en el Valle de Bujaruelo y no hay nada que de más paz y felicidad que despertar y al abrir la puerta de tela tener esas vistas.

Puente románico de San Nicolás de Bujaruelo

Puente románico de San Nicolás de Bujaruelo

esta escapada me abrió la mente cuando más lo necesitaba, me dio tranquilidad de poder conseguir terminar la tesis y cuando volví a casa me puse manos a la obra. Trabajé duro las primeras semanas de aquel verano, dormía lo justo para descansar y toda la energía que traía de la montaña la empleé en mi proyecto.

Pero claro, ese gran esfuerzo mental me pasó factura y en pleno agosto vi que mis ganas de pasar aquel caluroso verano en Valencia habían desaparecido. Necesitaba montaña, sentirme feliz, contactar con la naturaleza más pura que me hacía sentir viva. Y de nuevo me escapé 15 días, pero esta vez a mi lugar de lugares dentro de la Península, al Parque Nacional de Picos de Europa. Allí volvía sentir esa paz que las montañas me regalan, me calman, me serenan… pasar días rodeadas de aquellos monstruos naturales me transforman en la persona que realmente soy.

Subí hasta los Lagos de Covadonga y después de pasar la marea humana que había ese día emprendía la aventura de subir hasta el Refugio Vega de Ario o también conocido como refugio Marqués de Villaviciosa.

Lago Enol, lagos de Covadonga.

Lago Enol, lagos de Covadonga.

Lago Ercina, lagos de Covadonga.

Lago Ercina, lagos de Covadonga.

El camino de casi 5h no fue complicado, pero si que se debe haber caminado alguna vez por alta montaña ya que hay zonas que requieren más técnica de lo habitual. Recuerdo que el sol pegaba muy fuerte y acababa de pasar un valle lleno de pastos verdes y alguna que otra vaca, cuando vi un empinada cuesta que casi no pude subir.

Llegué al final con la lengua fuera pero había que seguir subiendo. Las vistas eran increíbles, no me podía imaginar que estuvieran ahí, tan altas e imponentes, detrás de unas otras, con las nubes enlazándose como si bailaran con la majestuosidad de la naturaleza.

Macizo central, Refugio Vega de Ario

Macizo central, Refugio Vega de Ario

Bajaba el sol de la tarde y a lo lejos vi el refugio, pequeño por la lejanía y la felicidad de haberlo conseguido. Pero la montaña es generosa y me regaló otro espectáculo visual. El atardecer en la montaña, en plenos Picos de Europa a 1.634m y con unas vistas únicas. El sol se iba para dar paso a la noche, oscura y silenciosa, que me esperaba en aquel lugar que sin duda marcó lo que sería mi vida posterior.

Todavía no acabo de comprender que es eso que tiene de mágico las montañas, no se si es su presencia, su fuerza, moles de piedra de millones de años, el silencio de estar ahí, la belleza del paisaje… pero ese algo es sin duda mi droga más sana, que no deja que me despegue de ellas, ni por muchos años que pasen (hoy cumplo mis 29) ni por muy lejos que me vaya.

Y eso, es lo que cuenta al fin y al cabo.

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